El banco de semillas localizado a unos 1.000 kilómetros del Polo Norte, en las remotas islas Svalbard, al norte de Noruega cumple dos años de funcionamiento y continúa su objetivo de conservar durante cientos de años la diversidad de cosechas del mundo en caso de epidemia, guerra nuclear, desastre natural o cambio climático.
El Arca de Noé como ha sido llamado es un búnker bajo una montaña helada, construido en 2008, la entrada es una vasta estructura de hormigón que se hunde en la nieve, sellada herméticamente por unas puertas de acero. Detrás, un corredor de 120 metros de longitud se sumerge en el corazón de la montaña.
Al fondo, una oficina custodia el acceso a varios pasillos bloqueados por un sistema de esclusas de aire. Son el último paso antes de acceder a tres grandes bancos de semillas que son donadas gratuitamente por la comunidad internacional para conservar todas las especies posibles durante siglos en caso de catástrofe.
Se mantienen a una temperatura de -18ºC pero, incluso si todos los sistemas de refrigeración fallaran, la propia temperatura en la montaña nunca superaría el límite de congelación debido al denominado «permafrost», una capa de hielo que recubre toda la región.
Lo pintoresco del inhóspito entorno y del propio búnker acorazado evoca a los refugios de la II Guerra Mundial o los construidos bajo la amenaza nuclear de la Guerra Fría. Pero el búnker de Svalbard no es ni mucho menos un proyecto científico de cara a la galería. El lugar fue elegido por su inaccesibilidad y lejanía de cualquier hipotético conflicto armado. Toda el área se considera una zona desmilitarizada.
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